Sus manos delgadas temblaban sobre su regazo. ¿Cómo no iba a temblar? Su amante, una mujer mucho más joven que él, de abundante melena negra azabache y con ojos turquesas como el mar, apenas contorneados por algunas leves arrugas de expresión cansada, acababa de pedirle que asesinara a su marido. Él, Oscar, un policía prejubilado, nunca había matado a nadie, ya que en su antiguo trabajo se limitaba a realizar tareas burocráticas, recoger pruebas y poco más.

Marina lo contemplaba tras una cortina de humo azulado que despedía el cigarrillo que sostenía entre sus dedos. Su mirada profunda, anhelante, aguardaba una respuesta del que había sido su amante durante los dos últimos años. Oscar conocía de sobra la situación en la que se encontraba la mujer sentada frente a él. Doce años atrás, su marido había caído en un profundo coma del que no quedaba ya esperanza alguna de que despertara. Gracias a un contrato matrimonial de separación de bienes, ella no tenía acceso a su fortuna mientras permaneciera con vida. Si no quería verse en la más ruin miseria, su inconsciente marido debía sucumbir ante la muerte; una muerte que por otra parte, le ofrecería una paz de la que no gozaba actualmente en su lamentable estado de vida suspendida.