Una mujer como ella, que había pasado de largo los cuarenta hacía bastante tiempo, y que nunca se había visto en la necesidad de trabajar, albergaba pocas esperanzas de encontrar una tarea que desempeñar por la que le ofrecieran un buen sueldo con el que mantener su tren de vida. Oscar conocía todos aquellos detalles, y aún así, dudaba sobre el inmenso favor que Marina acababa de depositar sobre sus temblorosas manos.

- Oscar, no tienes por qué hacerlo si no quieres… - Marina, con una sonrisa tentadora dibujada en sus labios pintados, dejó caer la ceniza del cigarro a medio consumir sobre la superficie opaca del cenicero.

– Pero ya sabes lo generosa que puedo llegar a ser con las personas que se portan bienconmigo. La fortuna que heredaré después de que mi marido sufra el trágico accidente de esta noche la compartiré contigo encantada… obviamente, sólo si estás dispuesto a correr el riesgo que ello implica.

Una gota de sudor frío brotó de la frente del policía prejubilado, y descendió por las marcadas arrugas de su rostro casi anciano. Estaba seguro de que lo que decía Marina era cierto. De hecho, hasta hace bien poco él se había aprovechado de su situación económica sin que ella se lo reprochara en ningún momento. Pero los problemas siempre llegan cuando el dinero se acaba, y ahora a él le tocaba el turno de plantarles cara o echar a correr con el rabo entre las piernas