- Muy bien, lo haré. En el caso de que me pillen, diré sin tapujos quien es la persona que me ha enviado a segar la vida de Jorge Juan.

- Me parece justo cariño. – Marina apagó el cigarrillo, se levantó del sillón de piel blanca y se acercó a él, contoneándose como una serpiente. Posó sus fríos y carnosos labios sobre los de él. Su aliento le recordó a Oscar el sabor de la muerte, quizá por ser ex-fumador y sentir en su paladar el efluvio amargo de la nicotina. Quizá.

Cuando llegó a casa, una perra color canela agitó el rabo entusiasmada y saltó sobre sus brazos. Afortunadamente para Oscar, su mascota Lana no era demasiado voluminosa y agradeció el cariño que le profesaba sin pedirle a cambio que matara a nadie. Le quedaban por delante unas tres horas largas para dirigirse al hospital donde Jorge Juan descansaba plácidamente. Antes, el rico magnate residía en una elitista clínica privada, pero los costes que ello le ocasionaba a Marina resultaron finalmente desorbitados. Oscar pensó que aquello le beneficiaria. En los hospitales públicos se cometían errores continuamente, errores fatales de los que sus causantes solían salir impunes.