Agitó la correa que guardaba en un cajón del aparador y Lana comenzó a dar vueltas sobre sí misma y
a ladrar enérgicamente. La acalló con un gesto contundente de su mano que no llegó a tocarla. No era cuestión de que a aquellas horas de la noche despertase a los curiosos vecinos de la finca.
La brisa era fresca pero no helada, y el cielo despejado mostraba una luna sonriente rodeada de unas pocas estrellas apenas visibles por la contaminación. Una noche estupenda, pensó. Lástima que tuviera que emplearla en cometer un crimen.
Al dejar a Lana en casa, decidió acercarse al hospital a pie, para prevenir que su coche fuera visto a aquellas horas en aquel lugar. Le esperaba una buena caminata, posiblemente de unos cinco kilómetros, pero no le importaba. De esta forma contaría con el tiempo necesario para trazar un plan en su vieja sesera.
« CAPITULO I: EL SABOR DE LA MUERTE (Parte 3 de 5) | Inicio | CAPITULO I: EL SABOR DE LA MUERTE (Parte 5 de 5) »



Escribe un comentario