Al llegar a las puertas del edificio en estado semi ruinoso, comprobó que no hubiera nadie en recepción. A esas horas de la madrugada, el personal dejaba su puesto vacío con increíble facilidad, ya fuera para tomarse un café o para fumarse un cigarro. Nadie reparó en él, nadie vislumbró su rostro entre las sombras. Con paso decidido, se dirigió al ascensor más cercano y pulsó el botón con el número siete impreso en su superficie plateada. No le costó demasiado esfuerzo sortear la dudosa vigilancia de la celadora, y entrar a hurtadillas en la habitación setecientos doce. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir una cama de hospital vacía, con el gotero arrancado y escupiendo paulatinamente gotas de suero sobre las sábanas arrugadas. Su primera reacción se transformó de inmediato en alegría. El marido de Marina había decidido morir justo a tiempo, y por causas naturales. Y aunque no lo fueran, a él le importaba un bledo pues no había tenido nada que ver con aquella muerte.

Con el corazón latiendo a una velocidad nada aconsejada por los médicos a su edad, Oscar salió del edificio y llamó al primer taxi que se encontró en la salida. Esperaba ser el primero en darle la noticia a la mujer por la que probablemente estuviera perdiendo la cabeza.